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21
Jul

Sorpresas

No hicieron falta los despertadores. Nos despertamos todos antes de tiempo por culpa del jet lag. Aún sin saber muy bien ni dónde estábamos, nos levantamos de la cama con unas caras dignas de una película de terror y nos reunimos en la cocina, donde don Elder y doña Marina nos habían preparado un magnífico y abundante desayuno. Eso, sin duda, nos ayudó un poco a volver a ser personas. Algunos decidieron ducharse para acelerar el proceso de recuperación y de paso cuidar un poco la higiene, aunque en esas condiciones esto último era secundario.

Cuando estuvimos todos listos, a eso de las 7h45, pasó Julio por el hostal a recogernos. No lo sabíamos, pero nos tenía reservada una pequeña sorpresa (porque sí, hoy fue el día de las sorpresas, como narraré más adelante). Nuestro joven director había hecho venir a un colaborador para llevarnos al pueblo de la escuela en una pick-up (uno de esos coches americanos con espacio abierto detrás para cargar mercancías o, en nuestro caso, personas). En efecto, nos montamos en la parte trasera del vehículo y disfrutamos de un divertidísimo trayecto con risas, saludos a los transeúntes y el viento de cara, mientras Julio se divertía grabándonos por detrás desde su todoterreno.

Llegamos entonces a Santa María de Jesús, el pueblo donde está ubicada la escuela de Jardín de Amor. Se trata de un pequeño pueblo mayoritariamente indígena y, por desgracia, pobre. A nuestro paso pudimos observar las viejas casas que lo componen, las más afortunadas hechas de ladrillo, pero otras muchas construidas con placas, chapas y demás materiales de dudosa fiabilidad. Por supuesto, nuestra presencia no pasó desapercibida (digamos que los habitantes de Santa María no ven todos los días a un grupo de chicos jóvenes de raza caucásica entrando en su pueblo montados en una pick-up). Una vez cerca de la escuela, descendimos del vehículo y, tras atravesar algunos campos de cultivo, llegamos a la puerta de la misma. Aquí llegó la segunda y aún más grata sorpresa del día.

Durante el trayecto al pueblo, Julio y Rafa nos habían dicho que los niños de la escuela no sabían que llegábamos y que les íbamos a dar una sorpresa. Cuán impresionados nos quedamos cuando las puertas de la escuela se abrieron y la sorpresa la recibimos nosotros. Todos los niños de la escuela, junto con sus maestras, estaban reunidos en el patio de la escuela y nada más entrar, nos recibieron con un estruendoso “¡¡BIENVENIDOS A JARDÍN DE AMOR!!”.

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Comenzó entonces uno de los momentos más dulces que recuerdo. Entre globos y serpentinas de colores que caían lanzados desde el segundo piso, nos rodeó rápidamente la multitud de niños para darnos abrazos, besos y otras muchas muestras de cariño. Estuvimos así un buen rato, abrumados por pequeñas personitas que nos ofrecían toda su alegría y su amor de forma totalmente gratuita, sin conocernos de nada, sin habernos visto nunca. Acto seguido, las profesoras sacaron combas y pelotas de fútbol y baloncesto, y al momento nos pusimos a jugar con unos niños enfervorizados que parecían no cansarse nunca. Julio se encargó de filmar el momento y hacer fotos para que quedase inmortalizado. Espero que no tarde en enviármelas, porque sin duda es un recuerdo que quiero guardar y atesorar para siempre.

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Pasada la vorágine de abrazos, saludos y juegos de la bienvenida, las profesoras mandaron a los niños volver a sus respectivas clases. Los voluntarios nos reunimos en el despacho de Julio, localizado en el segundo piso. El director de JDA nos resumió entonces la historia de la asociación, su nacimiento y evolución, las personas que han colaborado y que colaboran con la misma, las funciones que desempeñan, los objetivos que se marcan cada año… En resumen, la razón de nuestra presencia allí.

A continuación, los voluntarios nos repartimos entre las clases que ya estaban teniendo lugar. Jimmy, Pedro y yo bajamos a la clase de primero de Primaria, los más pequeños del turno de mañana. Estaban dando cachiquel, un idioma maya que aún se habla en las poblaciones de mayoría indígena y que, por supuesto, para nosotros resultaba del todo incomprensible. A duras penas tratamos de memorizar los versos de una canción que estaban aprendiendo y que acto seguido salimos a cantar todos juntos al patio. Después, los niños regresaron a clase y siguieron con la clase de matemáticas, practicando algunas sumas simples con las que les ayudábamos mediante la vieja técnica de contar alubias (o, como las llaman aquí, frijoles).

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Llegada la hora de comer (como a las 12:30), los voluntarios nos reunimos y, tras despedirnos de los niños y sus profesoras, regresamos a Antigua (unos en el todoterreno de Julio, otros en el autobús público) para comer en el hostal. Después salimos para realizar algunas gestiones típicas de la llegada, como cambiar dinero para hacernos con unos cuantos quetzales (la moneda nacional guatemalteca) o pasar por el supermercado para comprar algunos productos de primera necesidad. Una vez terminado todo, Julio y Rafa nos llevaron al Monoloco, un bar-restaurante de la ciudad famoso por sus sabrosos nachos (que sin duda cumplieron todas nuestras expectativas y que acompañamos con unas cervezas Gallo, la primera marca de cerveza guatemalteca). Aprovechamos la ocasión para hacer un brindis en el que hicimos una ronda de deseos o intenciones por los que brindar y que cada uno de nosotros fue aportando.

Una vez que la fuente de nachos quedó vacía y las botellas de cerveza habían perdido su dorado contenido, salimos del local y regresamos al hostal donde, después de despedirnos de Julio hasta el día siguiente, cenamos y nos fuimos a dormir tras un rato de charla en el patio. Estábamos agotados después de un primer día tan intenso, pero esto sólo acababa de empezar. Y aunque nuestras energías estaban bajo mínimos (lastradas aún por los efectos del jet lag), nos fuimos a la cama con una sonrisa en la cara y cargados hasta los topes de ilusión. La aventura ya había empezado, y de forma fabulosa. Todo un periodo de experiencias se había abierto ya ante nosotros.

Nacho Vargas-Zúñiga

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