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3
Ago

Nostalgia de cosquillas

Nuestro último día en Jardín de Amor fue precioso, un huracán de risas y llanto.

Todo comenzó con un cruce de sorpresas. A un lado de la puerta de nuestra clase, Flavia y yo encendíamos emocionadas las velitas de la tarta de chocolate que traíamos para celebrar el cumple de María Cristina, una niña muy linda y risueña que ese día cumplía once años. Lo que no sabíamos era que, al otro lado de la puerta, los niños y seño Yazzmin nos esperaban impacientes con una sorpresa y un discurso muy emotivo que nos habían preparado por nuestro último día.

María Cristina estaba muy feliz y no paraba de decirnos: “Seño, muchas gracias por el pastel”. Después de tirarle de las orejas y contarles esa tradición nuestra, que les hizo reír mucho, distribuimos la tarta. Me sorprendió mucho que, al igual que a la hora de la refacción, esperaron pacientemente a que todos tuvieran su plato servido para empezar a comer. Esto refleja bien lo respetuosos y educados que son. Mientras se comían la tarta, fuimos llamándoles uno a uno para entregarles las camisetas que les habíamos dedicado, y me hizo mucha ilusión que, en cuanto se las dábamos, leían atentamente todo y se la ponían encima de la que llevaban.

Después cerraron los ojos y les hicimos un viaje guiado desde el día que llegamos nosotras a la escuela hasta esa misma mañana, recordando los momentos y actividades más especiales que habíamos compartido con ellos. Las marionetas que fabricamos juntos y los teatrillos que hicieron; las pulseras y pendientes de cápsulas de café; los ensayos tan divertidos del baile para el día del aniversario de Jardín de Amor; las canciones de los verbos que nos inventamos; el día que nos enseñaron a bailar marimba; el juego de relevos con las tablas de multiplicar al que tanto les gusta jugar; el teatro de títeres que les representamos y la reflexión que hicimos con ellos sobre los valores que aparecían; el gran disfrute y evasión del día que pintaron con témperas un pantalón mío y las risas del momento en el que nos pintamos la cara los unos a los otros; los paseos cantando de camino a sus casas; el día que les regalamos lápices y rotuladores; las bromas de Óscar, el “¡No seño!” de Wilson y Lidia y las cosquillas de Jefferson y Bianca que tanto echo de menos ahora.

También recuerdo el día de la gymkana y la comida que compramos las voluntarias para hacerles una sorpresa y que cocinamos con doña Berta para toda la escuela. Me encantó el momento de ir entre los niños repartiendo el queso rallado sobre la pasta mientras todos nos decían: “Gracias seño, ¡está delicioso!”, “¡Yo quiero, yo quiero!”, incluso algunos me decían: “Seño, póngale un poco más a él que tiene poco”, una muestra más de su altruismo y generosidad. La travesía fue muy emocionante para todos, y finalizó con una canción que les cantamos.

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A continuación, Julio vino a llamarnos y reunió a todos en el patio: había llegado el momento de la despedida. Al igual que en las de Irene y de Paula y Marta, habían preparado un acto muy emotivo. Sentadas y rodeadas por los niños disfrutamos de la marimba, un baile típico que interpretaron varias niñas; ellas, al finalizar, nos entregaron un cartel de despedida muy bonito.

Después, acompañadas por Julio, dimos las gracias a todos por el gran trabajo, empeño y dedicación que ponen cada día, y por la buena acogida que nos habían dado. Por último nos despedimos de los niños, que se iban acercando de uno en uno, nos entregaban dibujos y cartas y nos daban un abrazo muy muy fuerte. Este fue para mí el momento más difícil, ya que no concebía dejar de verlos durante tanto tiempo después de este mes tan alegre que habíamos pasado juntos.

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Por la tarde, tras un tiempo dedicado a la construcción de la sala de estudio, que ya está muy avanzada, fuimos a despedirnos de los mayores, y qué mejor forma de hacerlo que bailando de nuevo el “picky picky”!! Nos lo pidieron los niños, ya que era la canción que habíamos bailado con ellos el día del aniversario.

Antes de regresar a Antigua, como era ya nuestro último día, acompañamos a casa también a los mayores y Nelson nos invitó a la suya y nos presentó a su familia, que era muy simpática, y a todos sus animales. Estuvimos jugando a las cartas y luego al escondite, ¡¡¡lo pasamos genial!!!

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Estoy muy contenta porque, especialmente en la última semana con los niños, hemos podido ver en ellos un cambio a nivel emocional; muchos de los que al comienzo estaban bastante cohibidos han conseguido desbloquearse y expresar con más libertad sus emociones, tanto positivas como negativas. Si tenían que llorar han llorado; si tenían que reír se han reído, sin miedo. Creo además que en este tiempo, a través de los juegos de creatividad y deshinibición, bailes y canciones, clases, reflexiones… han ganado un poco de seguridad y confianza en sí mismos, así como también alegría. Además, les he notado mucho más abiertos y extrovertidos que al principio.

Pienso que también han avanzado en un aspecto muy importante: el respeto de los chicos hacia las chicas. Aun queda mucho trabajo en este ámbito, ya que es normal que los niños tengan las ideas muy arraigadas en una sociedad en la que la mujer queda muy al margen y, en algunos casos, prácticamente anulada, pero confío en que el despertar de las niñas y mujeres siga hacia delante.

Pero, sin duda, lo que más les ha ayudado en este tiempo a los niños a sentirse mejor y más alegres ha sido el afecto que les hemos dado, que es lo que más necesitan, y les estoy muy agradecida porque a mí también me ha hecho mucho bien todo el cariño que ellos me han dado a mí. Sus bromas, sus persecuciones para hacerme cosquillas, sus cariñosos abrazos, jugar, soñar y reírme con ellos me han hecho sentirme como una niña más de esa gran familia que es Jardín de Amor, disfrutar muchísimo y llenarme de ilusión y energía positiva. El haber estado con ellos ha sido también un aprendizaje de vida, ya que me ha enseñado a ser más consciente de lo que tengo, a valorarlo más y, sobre todo, a relativizar y a no dar tanta importancia a cosas que no la tienen. Al convivir con los niños también me he dado cuenta de que todos ellos son muy maduros para su edad y tienen una actitud paternalista, incluso los más pequeños.

Cuidan el uno del otro, se protegen mutuamente. Esto se ve especialmente entre los hermanos, y resulta curioso que cuidan también de los adultos. Por ejemplo, recuerdo que cuando les acompañábamos a sus casas por las calles de Santa María, de vez en cuando nos decían al oído: “Seño, no se acerque a ese señor que es un borracho” o “Seño, no vaya por ahí que dicen que ese señor viola”. Una anécdota divertida que muestra también cuánto se preocupaban por nosotras es que el último día, cuando acompañábamos a los de la tarde, al ver que íbamos un poco cargadas porque llevábamos más cosas que de costumbre, nos las cogieron diciendo: “Seño, yo se lo agarro”, y otro: “No, yo!”, casi discutiendo por llevarnos las cosas, y no me olvidaré de que Nelson cogió mi bolsa de los regalos, se la echó al hombro y fue así todo el camino, y de repente exclamó riéndose: “¡Parezco Santa Claus!”. Me acuerdo también de la reacción de los niños un día que me caí y todos vinieron corriendo a socorrerme: “Seño, ¿cómo se encuentra?”, “Seño, ¿se hizo mucho daño?”. Y a mí, entre mi caída y sus caras de susto, me dio un ataque de risa y se la contagié.

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El viaje en avión con Flavia fue triste y alegre al mismo tiempo, no dormimos nada de nada y fuimos recordando juntas y viendo los dibujos tan especiales que nos habían regalado los niños y que ahora dan vida a mi cuarto.

La vuelta a Madrid ha sido dura, les echo mucho de menos y se me hace muy extraño levantarme y no poder ir a la escuelita, pero todos los recuerdos que continuamente me vienen a la mente, tanto durante el día como por la noche en mis sueños, me ayudan a revivirlo.

Quiero finalizar dando las gracias a Julio, los niños, las seños, doña Berta, Marina y Elder, al resto de voluntarios con los que he convivido y a los voluntarios de otros años, que habéis hecho posible esta increíble aventura.

¡¡¡Maltyox chawe!!!

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