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1
Ago

Cruzadas sobre las olas

Sólo un día después de conquistar la cima del Pacaya tuvimos que hacer otro pequeño sacrificio: levantarnos a las 6 de la mañana para salir a las 7. Esta vez seguro que habéis acertado. No, no salimos a las 7, más bien a y media. Nos acompañaron Julia (una voluntaria austriaca de JDA) y Nacho (otro español que conocimos aquí en Guatemala), así que cambiamos de furgoneta para no ir como sardinas en lata. Y tras 2 horas en carretera, llegamos al lago Atitlán.

En los márgenes de este lago se sitúan tres volcanes: el Atitlán, el Tolimán y el de San Pedro. Una de sus características son los fuertes vientos, conocidos como Xoconil (que significa “recoger pecados”). Según la creencia popular, se lleva consigo los pecados de los habitantes de los pueblos situados en la orilla del lago.

Una vez allí, nos subimos a una lancha que manejaba un conocido de nuestro conductor de este día, Don Luis. Las vistas eran espectaculares, y poder disfrutarlas sentados en la proa de la lancha, una maravilla. Obviamente nos pegábamos por sentarnos allí.

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Tardamos una hora en llegar al primero de los tres pueblos que teníamos previsto visitar: San Juan. Allí pudimos ver la iglesia, donde estaban tocando la marimba en las puertas, y probar unos tamales recién hechos preparados por la gente de la zona. Al irnos nos dejaron entrar en una cooperativa de algodón regentada por 36 mujeres, una de las cuales nos explicó cómo trataban el producto desde años inmemorables. Nos mostró cómo preparar los hilos de algodón de la planta, cómo teñirlos usando diferentes plantas y cómo los tejían para hacer ponchos, mochilas, diademas, carteras, telas…

Después volvimos a la lancha para visitar el siguiente pueblo, San Pedro. No estuvimos mucho tiempo, salvo esperando (en un restaurante con unas vistas espectaculares) por el falafel de Marina, que no quiso probar nuestra “deliciosa comida” en la siguiente población.

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Y realizamos la última parada, Santiago. En este pueblo, a pesar de que nuestro conductor nos sugirió amablemente que nos fuésemos porque íbamos mal de tiempo, echamos a andar hacia la iglesia, obviamente cuesta arriba… (todo en Guatemala parece estar en lo alto de una cuesta). Tres de nuestros compañeros se quedaron abajo y a dos las perdimos a medio camino al vendernos por dos trozos de bizcocho. El resto llegamos a un mercado bastante peculiar, que atravesamos para llegar a la iglesia. Allí estaban celebrando misa, así que no entramos, como sí hicimos en la de San Juan. Y deshicimos lo andado camino a la lancha.

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Efectivamente, Don Luis tenía razón. Casi nos pilla la niebla en la lancha de regreso a la furgoneta. Y como no pudo ser de otra forma, pillamos atasco en la carretera (otra cosa a tener en cuenta en este país aparte de las cuestas). Así que estuvimos oyendo durante 4 horas y media que la última iglesia ya podía haber sido la octava maravilla, y el Canto del Loco en bucle para “disfrute” de varios de los voluntarios.

Pero nuevamente amigos, con o sin Canto del Loco, con atascos y cuestas… ¡mereció la pena!

Elisa Fernández

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